sábado, 27 de febrero de 2016

Hacia un debate en torno a la atención mediática de la violencia machista


Violencia de género

Violencia machista

Violencia contra la mujer

Violencia jerárquica

Violencia

Violadas

Feminicidios

Escribo este texto desde un profundo malestar. Con la pretensión, quizá, de equilibrarme. De echar hacia fuera.
Una tras otra caemos, caen mujeres como yo, víctimas de violencia machista, abriendo más la herida, honda, y esa sensación de horror... y de error, conciencia de estar errando, búsqueda torpe de algún remedio.

Son muchos años ya, desde mi primer trabajo contra esta “lacra social”, así lo resumen los medios (defecto o vicio que marca a una persona o, especialmente, a la sociedad), viendo cómo cambian términos ya politizados, se piensan estrategias de intervención y soluciones que no parece que hayan calado. Y pienso que no se ajusta ese término, “lacra”, a los desprecios, los insultos, los abusos, la cosificación y el ser tratadas como propiedad, los asesinatos, a las agresiones todas, la violencia sistémica...

“Lacra” minimiza, reduce, simplifica. El lenguaje mal usado daña. Pero el lenguaje puede ser un potente factor de cambio. Tiene el poder de visibilizar una realidad y al mismo tiempo crearla. Algo existe al ser nombrado.

Es importante elegir los términos adecuados y, además, sobre todo, ajustar bien el foco.

Es importante hablar de los hechos acontecidos, sin duda. Fue un salto de gigante conseguir que la violencia machista saliera del anonimato de la cotidianidad para entrar en la agenda de lo noticiable y por tanto de los problemas colectivos, lo preocupante políticamente, pero es imprescindible un cambio de lenguaje y de enfoque. Hasta ahora más de lo mismo... produce lo mismo.

Otra manera de hacer las cosas es posible.

Me desconcierta mucho el tratamiento informativo. No lo entiendo. A cada nueva mujer asesinada asistimos no sólo a un despliegue de eufemismos: “apareció muerta”, “fue encontrada sin vida”, etc. (es decir, se falla en la denominación) si no también, y ahí es donde encuentro el factor de cambio, se centra la atención en si es extranjera o española, si estaba sola o acompañada, si tenía una relación sentimental al uso o atípica, si había sufrido malos tratos con anterioridad o si había denunciado o era la primera vez que sufría un intento de asesinato (no dicho así, claro). Se pone toda la atención en las circunstancias de la víctima y no se hace (como suele suceder en otros casos: víctimas de terrorismo de cualquier tipo, profesionales muertos en acto de servicio, personalidades públicas...) en el sentido de ensalzar a la persona y sus obras en vida sino más bien en lo que parece un intento desesperado por encontrar en ellas, en sus costumbres, su personalidad, su situación socio-económica, etc. las razones de su asesinato. Se pone así el peso de la responsabilidad no en el agresor, a menudo sorprendente hijo ejemplar, trabajador modélico o vecino discreto, que en el mejor de los casos permanece desconocido, anónimo, inexistente; si no en la victima cuya forma de actuar o no hacerlo, paradójicamente, lleva a la muerte (es decir se falla en el enfoque, en la dirección en que miramos).

Me gustaría otra óptica. En lugar de centrarnos en los detalles de lo que sucedió y las hipótesis de los porqués, sería más efectivo hablar del delito y las consecuencias del delito. Escrutar al asesino y lo que lo convierte en tal. Identificar sus conductas potencialmente peligrosas y mostrarlas, prevenirlas. Hablar del proceso y del castigo tal como hacemos con otros delitos. De la pena que aguarda al asesino, del estigma y de su figura repulsiva.

Actualmente vemos las atrocidades pero no sus consecuencias. Se crea una falsa imagen en la que nada ocurre tras el delito, en que el delito es el final de la historia. Se produce la apariencia errónea de impunidad de los asesinos, delincuentes... esto es un error de cara tanto a otros posibles agresores, como a las mujeres, como para el sistema educativo en general; este ejemplo es injustificable para nuestros menores ¿cómo explicamos esta impunidad (aparente) ante el delito que con detalle les describen los medios una y otra vez?

En un medio con pretensiones de salud, cae por su propio peso que el contexto de control ejerza su función desde la mayor salud posible y no hay nada como comunicar con claridad para promoverla. Visibilizar los castigos no es de mal gusto, de mal gusto es como se está informando ahora, victimizando al mismo tiempo que culpabilizando a las mujeres, visibilizar los castigos es tomar el control, con valentía, seguridad y responsabilidad, es una medida promotora de salud.

La atención a la mujer es fundamental pero eso no contradice mi punto de vista. Como hasta ahora deben funcionar y seguir perfeccionándose todos los mecanismos creados de protección y de ayuda. El suceso no debe silenciarse pero no debemos, al tratar la información, deleitarnos en los detalles de lo sucedido que no hacen sino dar ideas y cuya repetición mediática acaba por hacerlos parecer “normales”, dentro del campo de lo posible, incluso lo esperable. La forma en que los ataques se suceden en rachas de días sucesivos es espeluznante. Es conocido que los medios se autorregulan para evitar el efecto contagio en el caso de las muertes por suicidio. Ya hemos dicho que el silencio no es una opción, costó mucho trabajo escapar de él; no se trata de no atender a las personas violentadas, no se trata de no buscar soluciones ni de no tratar de entender, se trata de que estamos ofreciendo realidades posibles, fomentando la imitación; la opción es adoptar un código de estilo ético que, gracias a la potencia del lenguaje, contribuya de alguna manera a erradicar las agresiones machistas.

Es necesario usar un lenguaje objetivo, al margen de sensacionalismos. Hablemos con corrección y objetividad: si alguien mata a alguien es un asesinato por mucho que sostengan una relación sentimental; si se trata de una violación, no es un forcejeo y no tiene nada que ver con el consumo de alcohol ni con la ropa que lleve puesta la víctima. Por supuesto debemos dejar de subrayar etnias o nacionalidades, burda xenofobia, como exculpándonos; si nos puede el sentimiento de culpa por algo será, pero la solución es la terapia, no las noticias. No especulemos sobre las causas, ¿qué más dan las causas? Eso no hace más que perpetuar la idea de que hay situaciones que pueden justificarse. Evitemos todos esos comentarios que hacen referencia al amor, esto no es amor, es violencia y es injustificable.

Son estos algunos apuntes del debate que, en mi opinión, está ya reformulándose en torno al tratamiento mediático de la violencia patriarcal y al que animo a participar a todxs nosotrxs feministas.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Autoconocimiento y autocuidados en el contexto terapeútico



Soy psicóloga y sexóloga. Hago terapia.

Mi día a día laboral es escuchar y hablar con personas que acuden a mí porque quieren resolver alguna situación, suelen sentirse en un atolladero y mi objetivo suele ser desenmarañar clarificar, impulsar cambios. No siempre me sentí cómoda con la profesión que elegí. Al principio, la sentía lejana a mis intereses éticos e ideológicos, tuve que transformarla para que esas partes de mí misma, de las que no quiero prescindir, estuvieran presentes y no colgadas en la puerta antes de entrar a la sesión, como si fuera mi bolso.
Al margen de las peculiaridades de cada caso, que requiere de técnicas concretas, se produce en terapia un proceso de fortalecimiento y capacitación, en algunos contextos llamado empoderamiento.
Yo acompaño el proceso y me gusta. Pero, también estoy ahí, entre ambas formamos un sistema. Y todo lo que expreso en voz alta resuena en mí, los cambios terapéuticos también me incluyen. No soy ajena a lo que sucede. Llevo conmigo las vidas de otras personas. Sus tristezas y alegrías, sus sorpresas, sus recaídas, sus desalientos, sus logros... Me van inundando y removiendo y, cuando cierro la puerta para volver a casa, de nuevo, soy otra. El camino de vuelta es un camino ritualizado de reconstrucción, elaboración, aprendizaje, de volver a subirme a mi equilibrio. A veces es sencillo, cuando las historias son lejanas a las mías, pero otras son muy cercanas. Es la sensación de oír algo que a ti te pasó, ese error que cometiste y ahora, en la historia de otra persona, ves tan claro el porqué. O esas situaciones tan dolorosas que me cuesta mirar: abusos en la infancia, violencias y maltratos... no lograré acostumbrarme, me duele, me daña. Los años trabajando en este contexto no me dejan entenderlo.

Debo reconocer que es un camino de autocrítica, de aprendizaje y de posicionarme una y otra vez en la humildad de simplemente ser quien está trabajando en ese momento, yo sólo soy alguien que trabaja, alguien que escucha con atención, soy un reflejo de quien me cuenta y que impulsa el cambio, pero sólo soy alguien como tú. A veces, he necesitado críticas de mi círculo más íntimo que me han ayudado a cuestionarme. Y cambiar.

Soy consciente de que intento promover en terapia un modelo feminista: que decida por su vida, que «Yo» sea el sujeto de sus frases, que se mire y se sienta bien con lo que ve, que sea dependiente pero autónoma, que se sienta capaz, que logre el autocuidado, que se cuestione el mandato social de género.... Y en esto, yo sólo soy una más. Una mujer feminista más que nado contra corriente y que no siempre soy eso que persigo ser. La arena que se escapa entre mis dedos y que algún día lograré retener. En ese punto, paciente y terapeuta nos abrazamos para hacernos más fuertes y nos ayudamos con las experiencias de las dos. Me siento crecer con sus ejemplos, me siento comprometida con sus vidas. Me gusta mirar a los ojos.

Porque el verdadero enemigo del autocuidado es no verte cuando te miras. El logro es verse... y tampoco ha sido fácil para mí, eso de en casa de herrero... o de ver la paja en el ojo ajeno...

Debo reconocer, decía, que he ido creciendo con cada caso, con cada evolución, con las palabras de dificultad de estas personas ante las tareas que les encomendaba, con el placer de sentirse a sí mismas. Incluso con la mera repetición verbal de lo que sé que funciona. Ha habido cosas que he dicho pero no he hecho, tal vez porque no era mi momento, o no me atrevía o incluso no me daba cuenta. Pero saber la teoría también ayuda y poco a poco también ha ido cambiándome. En mi propia piel he sentido cómo la recomendación más valiosa ha sido la de mirarse, mirarme a mí misma, aprendiendo a mirar con amor, honestidad y benevolencia también. He aprendido a mirarme usando mi propio criterio en mi mirada y no el criterio de otras personas. Ese que nos intentan imponer. Acompañar este proceso me ha enseñado a cuidarme en una suerte de aprendizaje vicario, es decir, ése que se produce a partir de lo que otros aprenden. Y esto me lleva a pensar que ejerciendo ese autocuidado hago mi «aportación» porque se crece en lo comunitario, todos esos cambios personales resuenan en los otros y verlo reflejado en el grupo es una forma de reducir frustración, y ejercerlo en grupo es político de alguna forma.
En psicología infantil se habla del modelaje como una forma de aprender. A saber, creo que todas hemos tenido esa conversación sobre los buenos o malos ejemplos que damos a la infancia con nuestros comportamientos. Pues algo así, en la misma medida, se produce con esto. Porque la persona que se cuida desprende seguridad en sí misma, tranquilidad. Y ese «aura» es un fuerte agente de cambio. Esa es mi responsabilidad.

En cualquier caso, aún no está gastado el lema de «lo personal es político». El conocimiento es poderoso, nos hace libres y el cuidado nos hace potentes.

domingo, 26 de abril de 2015

¿Deben ser las fantasías feministas?



Recientemente he sido preguntada en varias ocasiones por esta cuestión, incluso han pretendido discusión. Comprendo la lógica de la pregunta «si eres feminista y quieres cambiar cosas debes modificar la intimidad, porque lo personal es político.

Sin embargo, es un hecho que una de las fantasías más recurrentes en mujeres es la de la violación, o ser forzadas o que exista cierto tipo de agresión y es, además, independiente de la orientación sexual.
Si esto te sucede y eres feminista es más que probable que calles tus oscuros fantaseos so pena de ser desterrada del paraíso, pero... ¿Podemos controlar nuestras fantasías? Es más ¿debemos controlar nuestras fantasías?

Las fantasías son producto de nuestra imaginación y, por tanto, están repletas de contenido consciente e inconsciente, conformando así nuestro imaginario y en esto la cultura es la fuente, de ahí que encontremos en perfecta combinación prejuicios, miedos y una buena dosis de elementos prohibidos.

Lo importante es entender que las fantasías son situaciones no reales, no van a pasar al acto porque lo que les confiere esta cualidad es precisamente eso, que no son reales. De hecho, es muy común que suceda que quien intenta hacerla real se frustre porque nunca la realidad llegará a la altura de la fantasía. Freud, aunque no se caracteriza por dejar en buen lugar a las mujeres, definió las fantasías como representaciones no destinadas a ejecutarse.



Otro hecho es que las fantasías cumplen la función del juego en la infancia, cuando dejamos de jugar comenzamos a fantasear y su función es la de mantener equilibrio entre lo permitido y lo no permitido. Durante la infancia se juega con pasión utilizando temáticas que se saben no reales y no lo serán y es por ello que se disfruta, pueden «hacer lo prohibido» sin sufrir ninguna de las consecuencias negativas que conllevaría el hacerlas en la realidad. De esta manera, fantasear de forma consciente, en cierto modo nos aleja del síntoma, es decir, de la enfermedad.

Llegadas a este punto ¿debemos tener fantasías exclusivamente feministas?

Bajo mi punto de vista, debemos tener fantasías y disfrutarlas, tal cual, pero también ser activas y activos en cambiar el contexto, ejercer nuestro feminismo para que lo que nos rodea sea cada vez más igualitario, menos desigual.  Por tanto, la línea lógica es cambiar el contexto y a continuación las fantasías. Así, no siendo policías de nuestros placeres, controlamos de forma consciente lo que está prohibido y nos acercamos más a la salud. Esto no significa que sólo si tengo fantasías de violaciones vaya a estar sana, no, no es eso, sino que no hay por qué controlarla o limitarla como inadmisible. Además tiene el efecto de acercarme más a la erotofilia.

La Erotofilia es un constructo que intenta reflejar una dimensión de la personalidad. Se le llama Erotofilia - Erotofobia y se refiere a la atracción o rechazo que produce en nosotros los contenidos sexuales. La importancia de la Erotofilia radica en que se ha demostrado que las personas erotofílicas aceptan mejor su sexualidad, disfrutan de ella y son más responsables con sus comportamientos sexuales. Además se sienten más satisfechas con sus vidas, tienen mejor autoestima... En fin, no tiene más que ventajas.

En este contexto, las fantasías son uno de los facilitadores de la Erotofilia.

Respondiendo a la pregunta. No, no deben ser feministas, deben ser... Lo que sea, lo que surja y aceptarlas y aprovecharse de que no son reales y disfrutarlas.

Por último, no quiero dejarme atrás un hecho importante.  En la medida en que el contexto vaya cambiando, también el contenido de nuestro imaginario lo hará y para que este contexto, repleto de imágenes machistas, cambie es necesario que las profesionales que tenemos una responsabilidad actuemos. Si el campo de acción es en medios de comunicación, no repitiendo imágene y  mensajes sexistas; si es en terapia redireccionando hacia una vida privada más cercana a lo respetuoso, generando fantasías que no pasen por abusos, forcejeo o violaciones. Creo que tenemos mucho por hacer pero mientras tanto, no tiene sentido que el sentimiento de culpa  nos impida fantasear.

domingo, 29 de marzo de 2015

Enfermedad mental VS Lamentables condiciones laborales

Ante un acto incomprensible como el reciente accidente de avión, necesitamos encontrar explicaciones. Aparecen los equipos de salud mental para poder acompañar a los afectados y, en esta ocasión, los tratan como heroínas, como a los bomberos de New York, y un sentimiento de orgullo in crescendo por una labor que no estoy desarrollando pero que me hace sentirme parte de un colectivo.

Pero también nos préstamos al otro juego. Los periódicos y periodistas morbosean con una supuesta baja laboral secreta, y especulan que sea por una oscura y larga depresión que el copiloto se esmeró en ocultar. Respondemos de inmediato... (Con voz de sabio prepotente) Bueno, esto no responde a alguien con un perfil depresivo, aquí debe haber algo más... Falta de empatía.... Algo antisocial....

Y otra vez el estigma de un diagnóstico, el uso de etiquetas para consolarnos y poder entender y encontrar explicaciones que nos construyan el espejismo de que todo está controlado...

Las personas que trabajamos en salud mental tenemos una responsabilidad pero estamos jugando otra vez al juego irresponsable de no llamar a las cosas por su nombre.

Eso otro que hay se llama lamentables condiciones laborales. Tiene que ver con no pagar bien a tus trabajadores, con tener pilotos dados de alta como autónomos, con no dignificar a los empleados, con de nuevo ningunearlos para que haya compañías de bajo costo y todos nosotros, ovejas, podamos viajar en un avión hasta hawai en cualquier momento y baratito. Ya oigo los suspiros de alivio de las compañías aéreas porque nadie les hará responsables.

No me digáis, colegas de profesión, que no es un alto promotor de salud mental las buenas condiciones laborales y la estabilidad!

Cada cosa tiene un nombre.

martes, 25 de noviembre de 2014

25N. Contra la Violencia de género. Soy una mujer, quiero mirarme a los ojos

Hoy es el día contra la violencia de género.

Foto: Mona Kuhn

No se me ocurre nadie en sus cabales que no apoye este día. Sin embargo, a pesar de la cantidad de recursos asistenciales, no parece que el índice de actos violentos contra las mujeres baje y, para colmo, en los contactos  directos con adolescentes, da escalofríos comprobar cómo eligen voluntariamente relaciones jerarquizadas en las que las chicas se colocan abajo y los chicos arriba.

Me pregunto qué está sucediendo. Qué estamos haciendo mal o qué no estamos haciendo, qué falta.

Con estas mariposas inquietas revoloteando en mi cabeza, paro el pensamiento una y otra vez en el aguantar de las mujeres, en el porqué nos colocamos a veces por debajo conscientemente, infantilizando la relación, en el porqué incluso, a veces, buscamos ser objeto, porqué nos gustan los malos (puede parecer que no tiene relación, pero para mí en ese buscar a ese tipo que sabemos que no nos va a respetar, ese chulo, en ese prestarnos a tener relaciones sexuales con personas que no desean que disfrutemos juntos sino disfrutar con nuestro cuerpo, en ese renunciar a nuestro placer y darlo en ofrenda al otro... veo el mismo acto de renuncia).

Creo que la solución que estamos usando es equivocada o, más bien, incompleta. Empoderar a las mujeres es fundamental, debemos conocer nuestros derechos y reivindicarlos, gritarlos con rabia y colocarnos arriba a patadas si es preciso pero este trabajo está incompleto.

Volveremos a caer una y otra vez con la misma piedra si no queremos entender lo que buscamos con ese colocarnos abajo.

Creo que, y aquí viene algo de teoría, todo esto se relaciona con el aprendizaje sobre las formas de vincularnos con los demás y con el aprendizaje de nuestra valía. El apego.

El apego es eso que aprendemos desde que nacemos y que nos hace comprender cuánto valemos, cuánto somos para los otros y cuál es nuestro lugar en el mundo. A nosotras nos han enseñado que valemos más cuanto más lindas, que valemos más cuanto más sirvamos a los otros y, además, nos han enseñado que tampoco es mucho eso que valemos. Y esto nos lo enseñan en una sociedad analfabeta con sus emociones, que no expresamos, que no pedimos (ay, qué ganas de aprender a pedir) y en un torpe movimiento volvemos a colocarnos como un objeto en momentos concretos de debilidad, por muy bien que hayamos aprendido nuestro discurso. Y en un momento de debilidad, de vagar y deambular perdidas, buscamos refugio en lo familiar, que resulta el ser un objeto que a otros sirve, esa protección que da el volver a lo sentido tantas veces aunque sea para sentir que no valgo nada.

Sólo se me ocurre el trabajo terapéutico para resolver esto. Analizar, elaborar, actuar para aprender de qué otras maneras llenar mi  vacío sobre lo que yo valgo en el mundo, de qué otra manera conseguir refugio y protección.

Y sólo se me ocurre que enseñando a los niños y niñas de hoy cuánto valen por lo que son y lo que hacen podremos comenzar a reducir los índices horribles de violencia.